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Capítulo 6. Cea entre castros: arqueología y legado indígena

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“Los nombres desaparecen. Pero las piedras, si no se mueven, terminan hablando.”

La comarca de Cea forma parte de un triángulo arqueológico que incluye Valdescapa, Villaverde de Arcayos y Almanza, zonas densamente pobladas durante la Edad del Hierro. En un radio de menos de quince kilómetros se han identificado al menos ocho castros, algunos excavados con detalle y otros aún sin estudiar. Cada uno permite asomarse a la vida indígena de la zona antes de la llegada de Roma.

El triángulo arqueológico, en corto
  • Al menos 8 castros en un radio de menos de 15 km: Valdescapa, Villaverde de Arcayos, Almanza…
  • Patrón común: alturas estratégicas, defensas de piedra o tierra, viviendas circulares, santuarios al aire libre y enterramientos fuera del recinto.
  • Muchas de las piezas halladas se conservan hoy en el Museo de León.

El patrón constructivo se repetía con regularidad: poblados situados en alturas estratégicas, defensas de piedra o terraplenes de tierra, viviendas circulares u ovaladas de barro y techumbre vegetal, santuarios al aire libre y enterramientos situados fuera del recinto, lo que indica que la vida y la muerte ocupaban espacios separados.

En estos asentamientos, la organización era comunitaria: la tierra se compartía y las decisiones se tomaban en asamblea. Los símbolos cotidianos —espirales grabadas, verracos de piedra, cerámica bruñida— formaban parte de un lenguaje común. Los objetos hallados ilustran ese mundo: pesas de telar, cuchillos de hierro, fíbulas zoomorfas, cerámicas pintadas y pequeños ídolos de bronce que reflejan creencias personales. Muchas de estas piezas se conservan hoy en el Museo de León; otras, en colecciones particulares.

Las viviendas de la comarca, como en el resto de la red de castros, eran sencillas y estaban adaptadas al entorno. Circulares u ovaladas, sus muros se levantaban con barro y piedra tomados de la propia loma. Las techumbres se cubrían con ramas, juncos y paja, lo que protegía del viento y la lluvia. Tras la puerta, baja y estrecha, cada espacio tenía un uso definido: en el centro, el hogar de piedra servía para cocinar y calentar; alrededor se disponían las zonas para dormir, guardar utensilios y, a veces, resguardar animales pequeños. Los suelos eran de tierra apisonada, cubiertos con fibras vegetales o pieles.

El mobiliario era escaso y funcional: bancos corridos de madera, mesas sencillas y estanterías para almacenar alimentos secos, cerámica o herramientas de hierro y bronce. Algunas paredes presentaban grabados o símbolos asociados a la fertilidad, la protección de la comunidad o la memoria de los antepasados. La vida en estas casas seguía un ritmo estable, repetido a lo largo de las generaciones.

Cea no era un enclave aislado, sino parte de una red de castros interconectados por los que circulaban personas, bienes y conflictos. La escritura aún no existía: la memoria se transmitía de forma oral. Ese mundo cambió con la llegada de un poder nuevo y organizado, el de Roma, que abrió una etapa de transformaciones, resistencias y fusiones culturales que marcarían el territorio durante siglos.

¿Quieres verlo con tus propios ojos?

Buena parte de los objetos de la Edad del Hierro de la comarca —fíbulas, cerámicas, armas— se exponen en el Museo de León, a menos de una hora de Cea.


Fuentes y referencias