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Capítulo 3. Primeras huellas humanas: nómadas, cazadores y rastro de sílex

“El primer ceense no tenía nombre. Tenía hambre, tenía frío. Y tenía un canto tallado en la mano.”

El territorio que hoy forma el municipio de Cea registra presencia humana desde hace milenios. Se cree que el Homo erectus llegó a la península tras cruzar los Pirineos hace alrededor de un millón y medio de años, y el Homo antecessor de Atapuerca habitó hace unos 800.000 años a poco más de 100 kilómetros de estas tierras, por lo que es razonable suponer que llegara a frecuentar las riberas del Cea, entonces ricas en recursos. Los útiles de sílex, bifaces, raspadores y lascas hallados en Villamartín de Don Sancho, Valdescapa, Mayorga y Villaverde de Arcayos confirman un paisaje recorrido por grupos nómadas que se desplazaban siguiendo los recursos disponibles. El entorno de Cea no se ha excavado de forma sistemática con técnicas modernas, pero el corredor del río apunta a una red de tránsito y asentamiento temporal en la meseta norte, donde los grupos humanos buscaban agua, pesca, caza y materiales para fabricar herramientas.

Un territorio aún por excavar

El entorno de Cea no se ha excavado sistemáticamente con técnicas modernas. Lo que sabemos procede de hallazgos en superficie en Villamartín de Don Sancho, Valdescapa, Mayorga y Villaverde de Arcayos — el subsuelo de la comarca aún puede guardar muchas sorpresas.

El río Cea no era solo una fuente de recursos, sino también una vía natural que orientaba los desplazamientos por la región. Sus meandros lentos y sus terrazas elevadas ofrecían lugares resguardados de las crecidas, aptos para campamentos temporales. Allí se cazaban ciervos, jabalíes, corzos y bisontes esteparios con arcos de madera, puntas microlíticas y lanzas con propulsores. La vegetación de encinares y sabinares daba cobijo a la fauna y materiales para cabañas. Era un paisaje abierto, salpicado de zonas boscosas y humedales donde descansaban aves esteparias y, ocasionalmente, flamencos, como muestran los análisis de polen fósil de la cercana Tierra de Campos.

Con el Neolítico, hacia el 6.000 a.C., la forma de vida cambió. Los grupos humanos, todavía poco numerosos, aprendieron a cultivar trigo, cebada y legumbres y a criar ovejas, cabras y cerdos, lo que dio lugar a una economía mixta que combinaba agricultura, recolección y caza; las sucesivas migraciones difundieron estos conocimientos. Las terrazas del Cea ofrecían suelos limosos y fértiles, idóneos para los primeros cultivos. Las cabañas circulares, de madera y techos de paja o juncos, se levantaban junto a las áreas de cultivo, formando poblados que combinaban espacios de vivienda y de labranza.

La cerámica neolítica, esencial para cocinar y conservar alimentos, se convirtió en un elemento central de la vida diaria. Los recipientes, aunque sencillos, revelan un dominio creciente de la técnica: bases redondeadas para asentarlas sobre las brasas, bocas anchas para facilitar la cocción y decoración incisa de posible valor simbólico o práctico. Los enterramientos colectivos, situados sobre túmulos o terrazas elevadas, indican un sentido de comunidad y de continuidad entre generaciones.

Hacia el 4.000-3.500 a.C. se consolidaron técnicas agrícolas más avanzadas: el arado primitivo, probablemente tirado por animales, permitía labrar la tierra a mayor profundidad; los sistemas de regadío rudimentarios aprovechaban las crecidas del Cea para inundar determinados campos, y los graneros elevados protegían las cosechas de la humedad y los roedores. El paisaje cambió: los encinares y sabinares retrocedieron frente a los campos de cultivo, delimitados por surcos y pequeños diques de piedra.

A partir del tercer milenio a.C., la metalurgia empezó a influir en la organización social. La fabricación de hachas, puntas de lanza y adornos de cobre mejoró herramientas y armas e introdujo objetos de prestigio ligados al estatus. En la meseta norte se desarrollaron intercambios con otras regiones: minerales, objetos de metal y productos de lujo circulaban por rutas que conectaban la Tierra de Campos con la costa cantábrica y el valle del Duero.

La Edad del Bronce, desde el segundo milenio a.C., trajo cambios mayores. Las aldeas se hicieron más estables, las técnicas agrícolas se perfeccionaron y la ganadería ganó peso en la dieta. Los asentamientos en alto empezaron a proteger los recursos y el ganado frente a posibles ataques, lo que anticipa la posterior construcción de castros. Caminos, senderos y primeros hitos delimitaban un territorio cada vez más organizado, y la producción de cerámica y tejidos reflejaba un mejor conocimiento de los materiales.

Hacia el 1.200 a.C., la llegada de poblaciones indoeuropeas del norte y el noroeste de Europa introdujo nuevos elementos culturales y técnicos. La metalurgia del hierro se incorporó de forma gradual, con armas y herramientas más resistentes, y llegaron también formas de organización tribal, ornamentación característica y, posiblemente, nuevos rituales funerarios. En el valle del Cea estas aportaciones se mezclaron con las tradiciones locales, y las aldeas heredadas del Bronce fueron adoptando las nuevas costumbres y técnicas.

De los nómadas a los vacceos: la línea del tiempo
  • Hace ~1,5 millones de años — el Homo erectus cruza los Pirineos hacia la península.
  • Hace ~800.000 años — el Homo antecessor habita Atapuerca, a unos 100 km del Cea.
  • c. 6000 a.C. — Neolítico: primeros cultivos, ganado y cabañas en las terrazas del río.
  • III milenio a.C. — metalurgia del cobre y primeras redes de intercambio.
  • II milenio a.C. — Edad del Bronce: aldeas permanentes y asentamientos en alto.
  • c. 1200 a.C. — llegan las poblaciones indoeuropeas y el hierro.
  • Siglos IV–III a.C. — nacen los vacceos, el primer pueblo histórico del valle.

Durante los siglos IV-III a.C., la región asimiló las distintas oleadas indoeuropeas, entre ellas varios pueblos de origen celta que se constituyeron en élite militar. De la unión de estos con el sustrato anterior —los “Saefes” que menciona Avieno— surgió el primer pueblo con entidad histórica en la región de Cea: los vacceos, pueblo indígena de la meseta norte que consolidó la agricultura y fortificó sus asentamientos en castros. Su economía se basaba en los cereales, la ganadería y el control de los ríos. Los poblados fortificados, situados a menudo en lomas o terrazas fluviales, combinaban una buena posición defensiva con la fertilidad del suelo. Los vacceos heredaron de las etapas neolítica (cultura de El Soto de Medinilla) y de la Edad del Bronce un paisaje ya transformado: campos de cereal, caminos, sistemas de regadío y lugares de culto y enterramiento que integraron en su propia organización.

A lo largo de estos milenios, el valle del Cea pasó de ser un territorio frecuentado por cazadores-recolectores a un espacio organizado, cultivado y defendido, en el que los ríos, los suelos fértiles y los recursos naturales condicionaron la vida humana. Conviene recordar que los vacceos fueron un pueblo de tradición oral: no conservamos su propia visión del mundo, sino la que dejaron escrita sus adversarios, los autores romanos.

La historia de Cea comienza, así, mucho antes de que existieran templos o nombres escritos, con comunidades que aprendieron a arraigar en este territorio.


Fuentes y referencias

  • Bermúdez de Castro, J. M. et al. (1997): «A Hominid from the Lower Pleistocene of Atapuerca, Spain: Possible Ancestor to Neandertals and Modern Humans», Science, 276 — la descripción del Homo antecessor.
  • Fundación Atapuerca — yacimientos de la Sierra de Atapuerca, Patrimonio de la Humanidad.
  • Avieno: Ora Maritima (s. IV d.C.) — la mención de los Saefes.
  • Delibes de Castro, G.; Romero Carnicero, F. y Morales Muñiz, A. (eds.) (1995): Arqueología y medio ambiente. El primer milenio a.C. en el Duero medio. Valladolid, Junta de Castilla y León.
  • Wattenberg, F. (1959): La región vaccea. Celtiberismo y romanización en la cuenca media del Duero. Madrid, CSIC.
  • El Soto de Medinilla — el yacimiento epónimo de la cultura de la que descienden los vacceos.